Los debates que se suscitan a diario en torno a las nuevas formas del periodismo se enfocan en el impacto que tienen las nuevas tecnologías de información en los quehaceres del oficio y cómo los foros sociales y su concomitante periodismo ciudadano han influido en la circulación noticiosa.
Hace algún tiempo no se aborda, sin embargo, el debate en torno a la ética del periodista, sobre todo en tiempos en que presenciamos la acelerada transformación de muchos reporteros, en particular los que actúan desde las ondas radiales, en presbíteros del mercado cediendo su voz, alzadas del prestigio y credibilidad que le imprime ser “figuras” de los mass media, al servicio de la quincalla comercial y política.
La venta del sonido de la voz del reportero en campañas publicitarias, ya sea en el mercado de bienes, servicio o político-gubernamental, y en medio de una transmisión noticiosa, es un asunto que supera los límites proporcionales de la prudencia y resbala en el desbarro del oficio.
Lacera su credibilidad quien por la regalía de una mención se convierte en mercader de productos. Peor resulta para quien lo hace con el fin de impulsar campañas gubernamentales que, más temprano que tarde, le tocará examinar y reportar en el ejercicio de su gestión laboral.
En días recientes, un famoso locutor de una estación de radio de alta audiencia lanzó una advertencia a sus oyentes. Avisó, en la hora pico matinal, que daría paso a una transmisión en directo con uno de sus más reconocidos corresponsales desde “el lugar de la acción”.
Acto seguido, desde la escena, el periodista ubicó su posición: “Nos encontramos en las instalaciones del Centro de Recaudaciones de Ingresos Municipales (Crim) en Humacao, donde hoy comienza una nueva amnistía para el pago de sus impuestos”. Sin pausa, el mercader de la noticia enumeró todas las ventajas de la conmutación del gobierno a los propietarios de residencias y comercios, en un acto de propaganda política abominable. Al concluir, el técnico ponchó la transmisión, cual coda, con un anuncio pagado por la agencia gubernamental.
Esta estampa se repitió durante todo el día desde diferentes oficinas de la agencia y, en todo momento, fue anunciada con el rimbombante sonido de un titular noticioso de importancia.
Algo está mal cuando al interior del espacio noticioso interviene la fuerza del mercado para delinear el tono de la noticia, hecho que trasluce más en la radio que en cualquier otro medio informativo.
Y los hay peores. Es repugnante el periodista o la periodista que coloca como interludios a sus titulares o entrevistas la pauta de sus auspiciadores. Más escandaloso aún cuando en medio de su verborrea comercial, editorializa afirmando la maravilla de la oferta de un mattress o un combo agrandado en uno de esos centros de comida rápida de bajo valor nutritivo.
Son los nuevos tiempos de Toñito Cabanillas, el personaje que en la década de 1980 aparecía en medio de aquellos viejos programas de entretenimiento televisivo para anunciar las ofertas comerciales del momento con un afán persuasivo singular.
Hoy, la imagen de aquel diminuto hombre aparece rastreando las mesas de redacción noticiosas para seducir con dólares y centavos al periodista o locutor de turno, situación que violenta los más elementales principios éticos desde donde debe operar el oficio.
El periodista colombiano Javier Darío Restrepo ha dicho: “Los periodistas sin ética es muy difícil que sean buenas personas”.
En una entrevista publicada en el diario La República de Perú, el también profesor del Taller de Ética Periodística de la Fundación del Nuevo Periodismo Iberoamericano, insistió en la importancia de la entereza moral del reportero. Eso va, aludía, desde trabajar sin dosificar la información porque median relaciones entre el periodista y la fuente, hasta la cautela que hay que tener en la pulcritud del ejercicio de informar la noticia.
Igual es decir, no venderse ante el mercado comercial, político o gubernamental.
La Asociación de Periodistas de Puerto Rico (Asppro) ha llamado la atención sobre este asunto advirtiendo en el Canon 7 de su Código de Ética que “no basta con que el periodista sea honrado, es preciso que evite situaciones que lo comprometan y puedan crear dudas razonables sobre su integridad personal”.
A esos fines, establece que “el o la periodista no aceptará regalos de fuentes de información que esté cubriendo en un momento dado (ni) hará trabajos remunerados para una fuente noticiosa”. Asimismo, sugiere cautela para no caer tentado por la seducción monetaria con la que juegan agencias de publicidad para “comprar” voces e imágenes.
“El periodista –bien sea reportero, editorialista o editor– no debe hacer trabajos por paga para políticos, agencias gubernamentales o para empresas u organizaciones privadas. No podrá comercializar su imagen de periodista para propósitos ajenos al periodismo” exceptuando actividades cívicas o altruistas.
Las reiteradas pautas de anuncios que escuchamos a diario en voz de periodistas contravienen esos principios. Enfrentamos así un problema ético.
Lo peor es que, como bien señala Restrepo, la ética no se enseña; se comunica y se comparte porque es el resultado de experiencias. Es, sostiene, una forma de vivir que requiere compromiso con la verdad y exactitud de la información.
El periodismo, aunque no se enseñe así en las escuelas profesionales, tiene que concebirse como un oficio que transcurre apartado del cinismo, de la agresión verbal e incisiva al sujeto entrevistado y de las pautas mercantiles que procuran comprar la credibilidad del reportero para volcarla al servicio de intereses ajenos al rol informativo.
“Uno es periodista para que le crean. No hay mayor capital para un periodista que su credibilidad y como tal se tiene que defender mucho más que la propia piel”, acentuaba Restrepo.
Asistimos a tiempos difíciles en que la corrupción arropa muchos órdenes de nuestra vida colectiva. Por tanto, la vigilia a los principios que han mantenido en prestigio el oficio periodístico debe ser continua.
No olvidemos a Al Capone, el más grande gánster y contrabandista estadounidense de principios del pasado siglo, cuando decía que antes que matar a un reportero, mucho mejor es llenarle la billetera.
Este contenido se publica como resultado de la alianza entre Prensa Comunitaria y 80grados.



























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